viernes

Ayer vomité. Vomité mis acertijos sobre la mesa, y los trozos de carne hablaron de mi propio cuerpo. Esa certeza de vaciamiento fue la necesaria sentencia de mi actualidad, secuencia de imágenes y siluetas que mi indómita elucubración fusiona con la realidad.
Un ojo una pierna. Sangre bilis venal desbordando el marco léxico de mi inconsciente.
Vi a un muchacho que fui, colgado de los fierros de un juego de arenero, sonriéndole al recuerdo.
Una pelota que gira inmóvil en el césped sintético. Un sarcasmo incendiando de pánico mi cama, haciendo girones mis sábanas convulsas, royendo las maderas, arañando las pesadillas que en ciertas ocasiones supe disfrutar.
Caricias, empujones de un rostro sin rostro, penumbra. Se acerca a mí, uno de los tantos felinos a los que les satisface bañarse una y otra vez en su propia saliva. Lo toco, en un intento de caricia, y su cuerpo se crispa de placer, con un vertiginoso ronroneo, el mejor silencio para su soledad.
Vení gatito, vení. No hay ninguna circunstancia en mi existencia que merezca ser contada, no te quiero ilusionar. Sí, decidí, me arrepentí, jugué a todo o nada, amé. Viajo y vuelvo, trabajo e imagino, rezo y peco. Soy lo insoportable y lo agradable en un solo trazo. Lo que a cualquier mujer y a cualquier hombre le es inaceptable: contradicción.
El decir de algún Otro y mi propio decir. La estridencia de la tormenta y el silencio de un arrabal. Orilla y ultramar, meollo y superficie, adicción y palabra, cercanía, animal, bendición y tibieza, memoria, suspensión...
.osrevni oditnes ne yov ,odama ,odnum le euq sèver la yoV
Adoro todo lo que me es indiferente: siento que allí se recorta mi identidad.
Un brazo un arenero. Pisadas sobre pisadas pasadas que infinitamente relamen la suciedad contagiando su pureza. Cerdos. 
Piara de ambos asépticos apretujados enmarañados en la inercia de un vagón en movimiento. 
Espaldas dedos.
Mi mirada vomitó pedazos de carne sobre los hombros frágiles de un asesino, de un vicio que retoma lo mejor de mí y lo estruja contra su mejilla.
Papá sabe cocinar un pollo, sí que lo sabe. Lo toma de las patas traseras y hace un corte en la cadera, y después (¿o antes?) toma el pecho del cadáver y lo abre a la mitad con la cuchilla. Lo sala, hace una incisión bajo las alas, se quita el barbijo y prende el horno. Arranca un poco la piel escurridiza, y ya está el horno caliente para meter la asadera. Coloca el filo en el bulto de la columna y unde, se unde en él hasta quebrarlo.
Ayer vomité y no me lavé los dientes. Que los lave el gatito de la sonrisa duradera, el que desaparece bajo la luna y se rie de su propia histeria.
No me escucha el gatito, pero yo le hablo. Quiero que me lave los dientes, que con sus garras afile mi almohada y ponga golosinas en ella. Quiero hacer de mis sábanas retazos y de los retazos guirnaldas que celebren mis logros magros, mis alas rotas.
¡Vengan, vean la gran fiesta de mis cadencias! 
Los trozos en exhibición sobre la mesa.


andy

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