sábado

Goethe

12 de septiembre.

Hoy, al entrar yo en su habitación, salió a mi encuentro y le besé la mano con indecible júbilo. 
Sobre un espejo había un canario que voló a sus hombros. Cogiéndole entre sus dedos, me dijo:
- Es un nuevo amigo. Es muy bonito; miradlo. Cuando le doy pan, divierte ver cómo agita las alas y picotea. También me besa; vedlo.
Acercó su boca al pajarillo, y éste se plegó tan amorosamente contra sus dulces labios, como si comprendiese la felicidad que gozaba.
- Quiero que también os dé un beso - dijo, acercando el pájaro a mi boca.
Este trasladó su piquito desde sus labios a los míos, y sus picotazos eran como un soplo de celestial felicidad. 
- Sus besos -dije- no son completamente desinteresados: busca comida, y cuando no la encuentra en las caricias que le hacen, se retira descontento.
- También come en mi boca -exclamó, presentándole algunas migajas de pan en sus labios entreabiertos, sobre los cuales sonreían con voluptuosidad el placer de un inocente amor correspondido.
Volví la cabeza. No debía hacer lo que hacía; no debía inflamar mi imaginación con estos transportes candorosos de alegría purísima, ni despertar mi corazón del sueño en que lo arrulla a veces la indiferencia de la vida. ¿Y por qué no? Es que se fía de mí, es que sabe de qué modo amo.

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